Este artículo fue publicado en Ecoportal.net y en ElArmonista.com de España.
En Argentina, mi país, el segundo domingo del mes de agosto se festeja el Día del Niño. Es una de esas típicas fechas comerciales en donde nos ametrallan con publicidades de éste o aquél juguete cada vez que encendemos el televisor. Juguetes que muchísimos chicos de este vasto territorio sólo verán en las vidrieras, si es que los ven.
Otros quizá los tendrán, pero son contados.
Porque acá, cuando terminan los comerciales y empiezan las noticias, queda al descubierto una cruda realidad.
Mientras una nena de diez años juega con una Barbie dentro de la TV, muchas otras niñas de su edad se prostituyen por comida guiada por adultos sin escrúpulos.
Cuando Max Steel y sus sofisticadas armas luchan contra los malvados sobre una maqueta elaboradísima, los padres de los niños que están frente a la pantalla son reprimidos con violencia si protestan porque tienen hambre y quieren trabajar.
Juliana doctora tiene mejor instrumental y medicamentos que los que podemos encontrar en algún hospitalito o salita perdida, donde la voluntad de los médicos es lo único que los mantiene funcionando.
Miles de nuestros Nenucos de carne y hueso mueren por año producto de la desnutrición y las enfermedades de la pobreza.
No es mi intención ofender a quienes quieren y pueden darle un juguete a su hijo en ese día, si pueden hacerlo seguramente eso los pondrá felices. No es a los particulares a quienes dirijo mi crítica, sino a aquellos quienes tienen la responsabilidad de velar por su buen desarrollo físico y mental, quienes deben brindarle todas las posibilidades de educarse, vestirse, alimentarse, recrearse. En síntesis, aquellos que tienen la obligación de hacer que la infancia sea infancia y no una mera condición adquirida por la corta edad.
Mi país está lleno de pequeños adultos que duermen en las calles y forman pandillas inspiradas en canciones que reflejan la vida en las villas. Sus juguetes son armas verdaderas y sus juegos son las golpizas y asaltos por dos monedas. Otros, a los que todavía no los tentó el dinero fácil o las drogas, pasan su vida en los trenes vendiendo cualquier cosa para ayudar a sus padres; otros tantos simplemente mendigan.
La mayoría no va a la escuela porque tiene que trabajar. Muchas nenas crecen de golpe y se las ve embarazadas o con su bebé en brazos.
Hay gente que dice "¡qué rápido crecen los chicos hoy en día!" y le atribuyen este fenómeno a la televisión. La "caja boba" puede servir para explicarlo, pero sólo en parte.
¿No crece rápido, acaso, ese nene que ve a los padres penar por un plato de comida? ¿Cómo crece aquella nena que no tiene papá y su mamá trabaja todo el día por unos pocos pesos? ¿Y qué del desarrollo de aquellos que están solos en el mundo?
Cuando el segundo domingo de agosto llegue, estos chicos anhelarán su regalo, porque en el fondo siguen siendo simplemente niños. Ese domingo y todos los días querrán comer, jugar, unas zapatillas nuevas, y no tener que escuchar a sus papás con el constante "no tengo plata para eso". Y sin embargo deben resignarse y convivir con términos tales como desocupación, deudas, bonos y otros tantos igual de terribles y desmoralizantes.
No alcanzan los padres Grassi ni los Carasucias para solucionar este problema. No alcanzan las donaciones de la gente, ni los soles para los chicos, ni Cáritas. Menos mal que la solidaridad no cayó en desuso, aunque este tipo de cosas, si bien ayudan, no son suficientes.
No hay política económica ni social que contemple verdaderamente las necesidades de los adultos, y menos de los niños. Sus derechos distan mucho de ser realmente operativos.
Los responsables de cuidar la infancia de nuestros argentinitos miran hacia otro lado, a las bancas, a los grandes grupos económicos, después de todo ¿qué pueden darle a ellos estos chicos? Mientras se llenan los bolsillos de coimas recortan sueldos y jubilaciones, recortando a su vez las esperanzas de estos niños de un futuro mejor.
¿Cómo les caerá, por ejemplo, a los chicos de la provincia de Buenos Aires, una ensalada de patacones? Quizás los alimente mejor que a aquellos que hoy apenas tomarán un té caliente.
En el país de las bodas espectaculares y ladrones de guante blanco, la Constitución y los tratados de Derechos Humanos se retuercen de asco e impotencia en una lujosa biblioteca del Congreso.
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