martes, 23 de marzo de 2010

Locura

En el violeta estridente del cielo nocturno las cinco puntas de la luna aparecían borrosas bajo la atenta mirada de John.

De pie junto a la ventana de un hospital esperaba la muerte tal como lo hacían todos y cada uno de los hombres de esta Tierra. El tan temido Apocalipsis, ese que despertaba delirios e historias varios, estaba por fin al descubierto.
El Plan Divino, por primera y única vez revelado a lo ojos de los mortales...

Sin embargo John miraba extasiado hacia el infinito, sin temor por su propia muerte ni la de sus semejantes. El estaba rendido, entregado desde que Mary enfermó de uno de esos “virus aún no identificados”, tan comunes como mortíferos, que signaban aquella época devastadora.

Dejó su puesto en la ventana y se encaminó hacia la habitación donde yacía su esposa, su amada Mary. Mientras lo hacía su mente volaba al pasado, contínuamente recorría su vida junto a ella como si fuese una película. Una y otra vez sonaba su risa en sus oídos, se estremecía recordando su cuerpo, tan fuerte, tan bella, tan viva.
Al abrir la puerta la realidad lo atravesó como mil puñales. Esa mujer no podía ser su Mary.

Sólo se oía un jadeo entrecortado que provenía de una piltrafa humana envuelta en una tosca sábana amarillenta.

Hacía varias semanas que agonizaba en medio de atroces dolores que sólo la abandonaban en sus largos períodos de sueño, un sueño profundo pero inquieto.

Desde su última crisis se había cortado todo contacto con el mundo que la rodeaba.
“Mejor así” –pensaba John- “No quisiera que sufra más aún”.

Volvió a salir. Absorto en sus recuerdos recuperó su lugar en la ventana para seguir hurgando el infinito.

Un alboroto de voces y pasos apurados lo arrancó de su letanía.
“¡Mary!” pensó. Y corrió hacia donde ella estaba.

-“Lo lamento, no puede pasar ahora. Los médicos están trabajando. Por favor señor, salga...”
La puerta de la habitación se cerró frente a su atónito rostro ¿Qué pasaría allí dentro?

Finalmente, la puerta volvió a abrirse.
-“No pudimos hacer nada, lo siento mucho. Era un cuadro muy avanzado y...”

No lo dejó terminar. Poseído de una fuerza hasta ahora no conocida por él, se abalanzó sobre ese hombre de blanco y de un solo golpe lo dejó inconsciente a un costado.
Estaba dispuesto a seguir con los demás, pero una espantosa imagen lo dejó paralizado.
Al caer, el médico dejó al descubierto lo indecible.
Su amada, su queridísima Mary en un charco de sangre, dormida para siempre. Muerta.
Sus fuerzas lo abandonaron y cayó al suelo.

Un momento más tarde se encontraba paseando sin rumbo por esos pasillos silenciosos.
Sus pasos le sonaban dentro de la cabeza junto con el agitado latir de su corazón.
La rabia y la impotencia lo llenaron. El dolor lo sobrepasó.

Ya sin lágrimas y con la mente trastornada siguió su mecánica caminata.
Al pasar por una de las habitaciones notó que la puerta estaba entreabierta. Se acercó a observar.
Dentro yacía una mujer con el rostro vuelto hacia la pared. La sábana que la cubría dejaba adivinar un contorno envidiable.
“¿Qué hará ella aquí?” se preguntó. Sigilosamente entró y cerró la puerta tras de sí.

Sin dejar de observarla se iba acercando.

Cuando la mujer notó su presencia se sentó en su lecho asustada.
John seguía mirándola. Su mente: en blanco.

Negros y largos sus cabellos, vivaces los ojos a pesar del miedo. El cuerpo macizo, los pechos agitados por el rápido ir y venir del aire en los pulmones.
Alargó su brazo y ella se precipitó hacia un costado.
Ese fugaz movimiento bastó para que él apreciara la turgencia de esas nalgas jóvenes...

La sujetó fuertemente de los hombros y la apretó contra la cama.
No la oía gritar, pero veía sus carnosos labios y los deseaba con desesperación. Como si de tan sólo besarlos pudiera recuperar su vida y la de Mary.
Tanta fuerza en esas piernas, tanta energía que quería para sí corriendo por esas venas.
Debía ser suya de una vez.

En la ventana el cielo se veía anaranjado, candente. Lenguas de fuego lo surcaban y pequeñas brasas caían a la Tierra.

Brasas rojas.

Rojo pasión. Rojo sangre.

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